Con arena húmeda forma pequeñas albóndigas que reboza con más arena, esta vez seca. Las dispone cuidadosamente en un tamizador de plástico azul y se acerca corriendo desde la orilla, meneando el culo. Toma, tu comida, me dice. Cómetelo toro, toro. Si no, no tienes costre, helado de cocholate… Y cuando voy a coger una, se escandaliza. Con un gesto de reprobación me manda al agua a enjuagarme antes de comer: tengo las manos llenas de arena.